domingo, 2 de octubre de 2011

NO FUE UNA CORRIDA DE TOROS FUE UNA GUERRA AYER EN LAS VENTAS






tomado de burladero.com.fotos muriel feiner
Javier Hernández / Madrid

Un par de toreros con un par de pares. No es fácil encontrar dos toreros entre cinco mil millones de habitantes que tiene el mundo. No es fácil hallar toreros, y mucho menos con un par. Y en Las Ventas se dieron cita dos. Pero no dos toreros, ni siquiera dos toreros con un par, sino un par de toreros con un par de pares. Se llamanIván y David; se apellidan Fandiño y Mora. 
Retados a duelo ambos. A ver quién gana, a ver quién vive o a ver quién muere. La supervivencia ni contaba a las cinco y media. Ni contó hasta llegado el fin. Con un par de pares comenzaron a rivalizar y bien prontito. Vamos, ya en el primer turno de quites posible, tras la devolución del abreplaza por romperse un cuerno contra el peto.
Allí Mora, con su par de pares, dispuesto a ceñir chicuelinas de angostura. Fandiño, que las vio, quiso ceñir aún más, pero cabía. Por eso fue derribado en el envite y solo su sangre fría inspiró una larga cambiada desde el suelo para librar la cornada. Mordían el par de toreros. Pero los toros, ni eso, ni morder.
A ese sobrero primero y colorado le limpiaron los costados de tanto ajuste para después quedarse en nada. Tan flojeras se quedó el de los Lozano que se dislocó una mano cuando Fandiño revolvía animoso en busca de poner lo mucho que faltaba. El partidazo, el duelo entre toreros con un par de pares, comenzaba con el balón pinchado.
Y así siguió, pues los gaviras decidieron comportarse como cuando no obra el milagro de la casta. Un partidazo con la pelota sin aire, un duelo sin balas. Y los dos toreros con un par de pares sin poder hincarse el diente. El simple primero de Moraencontró torero nada más salir, en la boca del chiquero e hincado de rodillas, para qué esperar. Una larga de temple e infarto y verónicas de ansia y ronco olé. Y la respuesta de Fandiño: sin importarle que el bicho midiera, ni que probase, ni que se quedara corto; capote a la espalda y a ceñir gaonera. Hasta que llegó la voltereta de pitón marcado en la ingle y taleguilla destrozada. 
Mora puso la calma en el revuelo y el monterazo en el palco Real, donde estaba laInfanta Elena con Froilán. La calma usada como arma para torear, porque elGavira necesitaba espera si se le quería torear. Y para tener esa calma y espera cuando un toro camina hacia ti debe de hacer falta al menos un par. Los aguantó sin artificios Mora, todo aplomo y espera de la buena para canalizar la cansina arrancada. No duró ni un atisbo y el torero, con su par de pares, mascó parones sin mudar la color.
Tercero y cuarto, dos vulgares bichejos en formas y en fondo, sirvieron para el lamento de la decepcionada afición. "Si es que se veía venir", se lamentaba el abuelo. "Que estaba cantado", gritaba el joven del 6. No se puede anunciar una ganadería en decadencia para dos toreros que no tienen un par, sino dos. Fandiño atacó con ansias y desasosiego al burdo y colorado tercero, un animal defensivo y caminante, que se quería quitar la muleta de delante con un nada sutil topetazo. Mora, por su parte, le buscó el natural académico al humillador, flojo y reponedor. Los dos debieron matar mejor, cierto.
Y tras los lamentos, vuelta a la batalla. Era el momento de disparar, aunque las balas llegasen mojadas. La tercera bala de Fandiño se anunciaba cual misil en sus 626 kilos. ¿Tendría disparo semejante aparato? Lo tuvo. Al menos en una primera parte perfectamente aprovechada en muleta adelantada, giro de talón, mando y trazo. Dos tandas de poner a rugir Madrid. Pero el misil era de corto alcance y pronto empezó a ronear con sus miradas por encima del palillo, su buen inicio y mal final.
Se iba a quedar a mitad de camino Fandiño, que supo decorar en final por arriba y gustoso. Solo cabía tirarse a matar como lo hacen los toreros con un par de pares: a matar a morir. Mató en los rubios y pudo morir en horrible voltereta de final milagroso. Una oreja a tanto esfuerzo, a ese gesto de venir a morir con una corrida que solo servía para estrellar.
Fandiño había salvado su papeleta y había puntuado. A Mora, que había enseñado todo lo bueno suyo, le quedaba por hacer. Como material creativo, un Notario, para levantar acta. Cierre de brindis entre toreros, hombres curtidos en mil capeas de pueblo y hoy batidos en duelo sin balas con Las Ventas llena. Ese toraco al galope desde treinta metros, ese Mora clavado lanzando muleta y la voltereta de un toro por dentro y orientado que lo partiría en mil pedazos. Fue otro milagro que de allí saliese ileso. Como milagroso que un ser humano volviese a clavar zapatilla y aguantar tralla y metralla ante el demonio orientado. Lo hizo Mora, con su par de pares serenos, y se tiró a matar o morir de perfecto volapié.
No hubo oreja porque no hubo cogida en la espada. Lo mismo da. Lo meritorio y torero había quedado hecho y bien hecho ante una infame corrida, una lección de valor de un par de toreros con un par de pares que los taurinos llaman güevos.

Ficha del festejo
Plaza de Madrid. Tercera de la Feria de Otoño. Lleno aparente. Se lidiaron cinco toros de Gavira, desiguales de tipo y de escaso juego, deslucidos por lo general, dejándose más el quinto. El sexto, orientado y peligroso. El primero fue un feble sobrero de Lozano Hermanos, sustituto de un titular que se partió un pitón.
Iván Fandiño (esperanza y oro): ovación, silencio y oreja.
David Mora (manzana y oro): ovación, silencio y vuelta tras petición. 

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